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Ébola y memoria selectiva

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El cerebro humano posee numerosos mecanismos de defensa para evitar situaciones complicadas y asfixiantes. Uno de ellos es el del olvido, que en ocasiones se podría describir como “mirar hacia otro lado”. Se trata este de un olvido selectivo, consciente e incluso algo cobarde, y suele ocurrir cuando asuntos conflictivos de gran importancia dejan de afectarnos directamente: sabemos que existen pero los ignoramos, preferimos mirar hacia otro lado y despreocuparnos.

Una cosa así es lo que ha sucedido, en cierta medida, con la epidemia del ébola. Hace poco más de un año, España vivió una alarma extrema por el contagio de Teresa Romero, una auxiliar de enfermería que había tratado a Manuel García Viejo, misionero en Sierra Leona infectado por la enfermedad, que fue repatriado para ser tratado. Durante semanas, el ébola despertó mucho interés en todo el país pero se fue diluyendo cuando la enfermera recibió el alta médica y cuando el virus empezó a controlarse en los países de origen gracias a la (tardía) ayuda internacional. Actualmente, el ébola ya no afecta a nuestro país y prácticamente nos hemos olvidado. Ni ocupa portadas ni aparece en televisión, y tan solo se encuentran noticias aisladas que nos recuerdan que, aunque creamos que el ébola está controlado, todavía quedan muchas cosas para hacer.

Aquél interés y alarma en nuestro país, no obstante, estaba realmente fundado por la virulencia con la que se había extendido la enfermedad en los primeros meses de expansión, en 2014 (hasta 1000 muertes en 4 meses), y la tasa de mortalidad tan elevada que tenía, superior al 60%. Sin embargo, a pesar de ser especialmente letal, se estima que una persona infectada por el ébola contagia a una media de otras dos personas, una cifra muy inferior a otras enfermedades como el sarampión, que infecta a 18 personas de media. Entonces, ¿cómo se extendió tanto por aquellos paisses del África occidental? Fueron básicamente dos los motivos. En primer lugar, la enfermedad llegó a países en los que no era común y por tanto no fueron capaces de reconocerla de forma precoz (y actuar en consecuencia); y en segundo lugar, la enfermedad se desarrolló en zonas de paso fronterizas y zonas urbanas muy pobladas, con lo que la facilidad de contagio era enormemente mayor.

Con una detección precoz y en un ambiente aislado, en realidad, el ébola tiene un tratamiento relativamente sencillo aunque no sea totalmente eficaz y dependa esencialmente del sistema inmune del paciente. Este tratamiento consiste en unos cuidados intensivos dedicados, esencialmente, a restituir los líquidos perdidos por la diarrea y el vómito que causa el virus. Este tratamiento, fácil en un pais desarrollado como España, fue sin embargo muy difícil en paises con un sistema sanitario débil y maltratado por las guerras, como Guinea, Sierra Leona y Liberia. Aun así, la acción internacional logró reducir el impacto de la enfermedad y, de los 28000 infectados, la tasa de mortalidad se quedó finalmente en el 40%.

Pero más allá del tratamiento, la acción recomendada es la vacunación. A causa de este brote de ébola y la alerta mundial desencadenada se aceleraron las investigaciones de una vacuna para este virus hasta el punto que, en poco más de un año, ya hay estudios clínicos en marcha en Guinea o Sierra Leona. El programa STRIVE, por ejemplo, es un estudio clínico combinado de Fase 2 y 3 en el que se está estudiando la efectividad de la vacuna en 8650 personas de Sierra Leona. El estudio se está llevando a cabo conjuntamente por las autoridades sanitarias locales y el Centro de Prevención y Control de Enfermedades de los Estados Unidos.

A pesar de la bondad de la noticia, sorprende la celeridad con la que el desarrollo de una vacuna, iniciado hace tan solo un año, esté actualmente en Fase clínica 2 o 3. De los ensayos preclínicos en macacos a finales del 2014 se pasó, en pocos días, a los ensayos clínicos en Fase 1, en los que se estudia la dosis en pacientes sanos; y de esta primera fase, en pocos meses, ya se ha pasado a las siguientes. Cada fase clínica puede durar normalmente entre uno y dos años pero las circunstancias de urgencia han hecho saltarse algunos de los principios en el desarrollo de un medicamento. Una acción dudosa que plantea algunas preguntas como cuáles son las medidas de seguridad que se han obviado o si era necesaria tanta prisa una vez la enfermedad empezaba a controlarse.

Actualmente apenas se detectan nuevos casos de ébola, el último fue hace un mes, pero se sabe que el virus permanece en fluidos corporales de los supervivientes durante muchos meses, con efectos secundarios como dolores de cabeza o musculares, ceguera o sordera. Por tanto, a pesar de estar controlada la enfermedad, nuestro olvido no está plenamente justificado. En primer lugar, conviene informar a la población de los riesgos y de la actitud a tomar tanto en relación al tratamiento de enfermos como a los prejuicios ante los infectados que sobreviven. En aquellos paises africanos se cree que un demonio se ha metido en el cuerpo. Y en segundo lugar, respecto a la comunidad internacional y la OMS en concreto, ha quedado patente la necesidad de reforzar el sistema sanitario de aquellos paises del África occidental y de crear un sistema de alerta temprana; un sistema que actuase de urgencia para desplazar con rapidez equipo sanitario móvil al lugar donde surja un brote similar a este. En resumen, aún queda bastante por hacer en relación al ébola: hasta que no se resuelvan los graves problemas de desarrollo que tienen aquellos paises, seguirán llegando epidemias.

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Nota: este texto corresponde a una actividad del taller de Periodismo Médico del Màster en Comunicació Científica, Mèdica i Ambiental de l’IDEC-UPF.