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Sobre las elecciones

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La idea de esta entrada es un préstamo que parte de este artículo, una reflexión aparecida hace tiempo en el blog de divulgación científica Mapping Ignorance y reflexiona sobre hasta qué punto nuestro sistema de votaciones actual nos permite dar nuestra opinión sobre los candidatos o listas que se presentan.
Todo nace de una pregunta: ¿por qué solo podemos votar a favor de un candidato concreto (o una lista de candidatos) y no EN CONTRA de un candidato?

En el artículo analizan que, en general, la manera de expresar nuestro desacuerdo con algunos políticos es la de votar en blanco o votar a candidaturas especiales, como algunas novedosas (un newcomer, como Podemos) o algunas excéntricas (como la Confederación Pirata). También está la opción de la abstención, claro, pero aún así ninguna opción explica claramente cuáles son los motivos por los que hemos decidido votar una opción diferente de las “convencionales”.

Hago un inciso aquí para aclarar que, en mi opinión, la decisión de votar a Podemos en este caso no creo que haya sido como contraposición a los partidos mayoritarios, que también (en contra del bipartidismo, como se ha dicho mucho estos días), sino que también ha funcionado perfectamente el mensaje y la promoción de su cabeza de lista, Pablo Iglesias, que ha calado en mucha población descontenta.

Volviendo al tema de las elecciones y cómo mostrar nuestro desacuerdo, en el artículo se analizan varios métodos de votación diferentes. En uno de ellos se nos permitiría votar a varios candidatos o listas diferentes (y no solo a uno!), simplemente indicando todas las que nos gustan y resultando ganador quien tuviese más “aprobados”; en el otro sistema, además de esto, se permitiría votar en contra de algunos partidos (con lo que tendrían votos negativos) o simplemente se podría no opinar.
Puede que esto en nuestro sistema electoral de listas cerradas sea difícilmente aplicable, pero serían opciones a tener en cuenta en eso que muchos pensamos desde hace tiempo: que el sistema electoral debería cambiar de alguna manera.

mafalda_eleccionesEl artículo analiza las ventajas o inconvenientes de estos sistemas (aunque también indican que se debería hacer más pruebas) y comenta también un experimento realizado en Francia. De hecho, en este país en el 2007, si hubieran hecho caso a este sistema de votación, los candidatos finales no habrían sido Nicolas Sakorzy y Segolène Royal, sino que uno de ellos tendría que haber cedido su sitio al otro candidato, François Bayrou, que fue quien recibió más aprobados. En fin, mejor que leáis el artículo por vuestra cuenta.

Y bien, como conclusión “científica”, que es de lo que intento hablar en este blog, me gustaría decir que en trabajos como este podemos ver que un estudio científico, riguroso y bien planteado, puede ser de cualquier tema o de cualquier rama del conocimiento. En este caso, diría que la sociología o la economía.

Puede que en estos casos las conclusiones o los resultados sean menos “exactos” que en un trabajo de ciencias físicas, por poner un ejemplo, pero si el método científico está bien planteado y el desarrollo del estudio está bien realizado, las conclusiones pueden ser igual de válidas. Al final se trata de intentar dar respuesta a ciertas hipótesis previas y, después, plantear nuevas cuestiones para seguir avanzando en el conocimiento.

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Escepticismo y conspiranoias

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El método científico, idealmente, podríamos decir que tiene tres fases. La primera nace de una duda sobre el funcionamiento de cualquier fenómeno natural (desde por qué se cae la manzana del árbol al suelo hasta por qué pican los mosquitos, por ejemplo). Para intentar aclarar esta duda, se plantea una hipótesis que intenta explicar por qué aquel fenómeno funciona como lo hace. Esta hipótesis sería la primera fase.
A continuación viene una fase de experimentación en la que, por medio de una serie de pruebas o experimentos, planificados, medibles, reproducibles, contrastados y revisados por la comunidad científica, se intenta comprobar si la hipótesis planteada explica el fenómeno o no.
Finalmente, con los resultados de los experimentos y por lógica deducción, se extraen unas conclusiones que confirmarán, o no, nuestra hipótesis de partida. Si no la confirman, entonces nos plantearemos una nueva y volveríamos a empezar; y si la confirman, seguro que, al mismo tiempo que hemos explicado un fenómeno concreto, habremos avanzado un poco más para plantearnos nuevas hipótesis y continuar explicando nuevos fenómenos.
Por tanto, la ciencia o el método científico nace de la duda, de la incredulidad. En otras palabras: la ciencia implica un cierto escepticismo sobre las explicaciones que conocemos de las cosas que nos rodean.

El problema es que, muchas veces, este escepticismo se lleva al extremo y llegamos a no creer o estar seguros de nada, porque llegamos incluso a aplicar la falsación de Popper que, si la entiendo correctamente, Stephen Hawking insinúa en su libro “Breve historia del tiempo” con la frase que dice:
“Las teorías físicas son siempre provisionales, en el sentido de que sólo son hipótesis: nunca las podemos demostrar. Sea cual sea el número de veces que los resultados de los experimentos concuerden con alguna teoría, nunca podemos estar seguros de que la siguiente vez el resultado no la va a contradecir”.

Donde quiero ir es que al final la mente del científico suele ser “demasiado” escéptica. De hecho, el nombre del ganador de los premios Bitácoras de divulgación científica lo insinua: Scientia (“escientia”), del fantástico divulgador Jose Miguel Lopez Nicolás, a quien, por cierto, pude ver en directo en la UA hace poco tiempo.
Sí, y es que todo esto de que el científico puede llegar a ser demasiado escéptico y plantear demasiadas dudas me vino a la mente después de aquel falso documental de Jordi Évole sobre el 23-F y después de algún comentario o discusión posterior que tuve con amigos sobre las conspiranoias. Recuerdo que uno de ellos, cuando intentava convencerme de que, en su día, a Felipe González lo había “puesto” la CIA (!!!?), me dijo algo como: “deja a un lado tu mentalidad de científico que es verdad”. Es decir, ¡que incluso hay gente normal que piensa que los científicos dudamos de todo!

Pero no, no es que dudemos de todo pero, yo al menos, no creo en las conspiranoias. De primeras, porque aplicando el método científico faltaría mucha experimentación (muchos datos para justificarlas; y después porque, y ahora puedo pecar de ingenuo, me parecen demasiado complicadas y enrevesadas.
No es que crea en la verdad tal y como la cuentan, digamos que la acepto porque, según el método científico, se podría decir que son las conclusiones a las que se han llegado a la vista de los experimentos existentes, pero como he dicho, la propia mentalidad científica (exageradamente) escéptica no hace dudar y pensar: “pero, ¿que pasa si se hacen nuevos experimentos, contrastados y revisados, que digan lo contrario?”. Entonces, la “verdad”, podrá cambiar.

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PD. Y con cierta relación, también otro gran divulgador, Daniel Closa, en su bloc Centpeus, hizo una fantástica entrada phablando de esa curiosidad, escepticismo y humildad implícita en la ciencia, por el hecho de dudar y tener la incerteza de poder explicarlo todo con seguridad.

Pseudociencias

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Epistemologia

Quizás sea algo de optimismo o de ingenuidad pero creo que recientemente el interés de la sociedad en general por la ciencia está aumentando. Quizás es que ahora me fijo más pero, en las noticias en la televisión (que es lo que llega a todo el mundo9, de vez en cuando aparecen noticias de índole científica, aunque normalmente estan relacionadas con la astronomia o la biotecnología y hay mucha más ciencia. Pero bueno, algo es algo.

De todas formas, aunque tenga esa sensación, también creo que, dentro de este conocimiento científico que se está generalizando, hay también cierta ignorancia que alguno más espabilado acaba aprovechando. Lo que quiero decir es que puede que haya un mayor interés por la ciencia pero, en general, no se profundiza mucho i gran parte de los conceptos científicos se retienen vagamente, sin entender bien su significado, aplicaciones, repercusiones, etc. y entonces aparece alguien que aprovecha este desconocimiento.
Y lo digo porque, hace poco, me paré a leer detenidamente un cartel de un establecimiento de “terapias integrativas” que está justo debajo de mi casa y que mezcla tratamientos normales (como algunas cosas de podología o similar) con otros mucho más fantasiosos como radiación de jade, reiki, ozonoterapia o yoquesé.

Aquí al lado pongo la foto del cartel, aunque debo decir que la hice con algo de “miedo” y rápidamente, y por eso me salió algo movida; ¡pero es que el cartel está en la misma puerta de entrada!
Como véis, en el cartel se anuncia: “Cambia tu Patrón Energético por medio de la luz, la electricidad y el magnetismo”. Uau! Patrón energético!? Suena cool. Y no diga nada de eso de poder cambiarlo ¡con la luz o el electromagnetismo!
Pero lo mejor viene después con eso de que el sistema se basa en “los principios de la física cuántica” (¡nada más y nada menos!) por el hecho de que “nuestro mundo es holográfico en su estructura” (!!!!???). Alucinante.
Y ya después de estas explicaciones absurdas e ininteligibles vienen las aplicaciones pseudocientíficas que intentan definitivamente vendernos la moto. Lo digo por eso del “sistema de biorresonancia CoRe” o eso de que el “cuerpo tiene el potencial de sanarse a sí mismo”. Que sí, que el sistema immune está para algo pero…

Como decía, el uso de toda esta sofisticada terminología, si tienes ligeros conocimientos científicos, puede que te resulte familiar, pero si tus conocimientos son muy pobres es bien fácil que “te engañen como a un chino”. Vamos, que te creas que son técnicas de lo más rigurosas y científicamente probadas ¡cuando no son más que mitos y palabrería barata! Porque ya me gustaría a mí saber qué demonios es eso del “patrón energético”, por no decir que la física cuántica o la holografía no tienen nada que ver con ninguna “medicina energética integrativa” (otra cosa que también me gustaría saber en qué consiste).

Al final intento pensar quien es el culpable, si lo hay, de esta desinformación y este timo, y diría que son tres las partes implicadas: los comunicadores científicos que tal vez no saben (¿sabemos?) hacer llegar correctamente su mensaje, la sociedad en general que se conforma con información parcial y es fácilmente impresionable, y los comerciantes vendemantas que se aprovechan de la ignorancia de algunos para hacer negocio.

El caso es que he pensado asistir a algunas de las charlas que suelen hacer, porque cuando hay alguna reunión de ese tipo debo decir que el local se llena (se ve a través de los cristales del escaparate). El problema es que sé que no me aguantaría y seguramente haría algun comentario que no gustase… ¡y no quiero salir malparado de allí!

Nota: esta entrada la escribí anoche y justamente esta mañana he visto que el cartelito lo han cambiado y ahora ya no pone nada del “mundo holográfico en su estructura”. Ahora dice que “todas las células contienen la misma información”; que sí, que es cierto, pero relacionarlo con la física cuántica los “patrones energétics”… nosenosé.
Además, aquí pongo otro ejemplo de las técnicas tan científicas y sofisticadas que utilizan.

La razón y el corazón

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Sabemos que nuestro pensamiento lógico y racional, la razón, se construye y desarrolla en el cerebro. De igual manera, también sabemos que nuestras emociones y sentimientos nacen y evolucionan en el cerebro, que se tratan de respuestas químicas, neuronales, hormonales (no sabría clasificarlo de forma precisa)… ante ciertos estímulos. Entonces, si todo parte del cerebro, ¿por qué asignamos metafóricamente que los sentimientos residen el corazón? ¿De dónde ha salido esa distinción?

Pues parece ser que el causante de esta separación es Aristóteles.

Sí, este filósofo griego ha tenido tanta influencia en la cultura occidental que todavía hoy perduran muchas de sus ideas, aunque sea de forma residual, como detalles de nuestra cultura o nuestro imaginario y aunque se haya demostrado que eran equivocadas. Al parecer, para Aristóteles, el corazón era el lugar en el que se controlaban nuestros movimientos o en el que se recibía la información y se originaban nuestras sensaciones y respuestas ante el mundo que nos rodea.

Aunque ahora nos pueda parecer ingenuo, Aristóteles tenia argumentos razonables y coherentes para justificarlo, como no podía ser de otra manera para un filósofo o científico de su categoría. Eran razones acordes a su época y de un origen más o menos empírico, entre las que se podría citar: físicamente el corazón está en una posición central en el cuerpo, más adecuada para controlarlo; es sensible a las emociones (el corazón se altera y late más rápido con el miedo o el nerviosismo, por ejemplo), mientras que el cerabro ni se inmuta; el corazón está conectado con todos los órganos de los sentidos y todos los músculos (vía los vasos sanguíneos, fácilmente visibles) mientras que muchas de estas conexiones desde el cerebro no se observaban (a menudo son finísimas o microscópicas); o que, por decirlo de forma rápida, si el corazón se para, morimos, mientras que se puede prolongar la vida aún teniendo parte del cerebro dañado.

Existe otro aspecto por otro lado que también destacaba Aristóteles, y era la temperatura de cada órgano. Para él, el corazón era caliente, una característica de seres superiores, y el cerebro era frío. Es más, pensaba que el cerebro servía para enfriar la sangre y mantenerla en un nivel en el que el corazón pudiese trabajar adecuadamente.
Puede que una serie de “errores experimentales” (como diríamos ahora) en alguna vivisección o exploración le condujesen a esta conclusión errónea, porque es evidente que en todos los mamíferos la temperatura del corazón y el cerebro es la misma, unos 37ºC.

Sea como sea, el legado de este pensador en toda nuestra cultura ha sido tan grande que aún actualmente, aunque en sentido figurado, todavía decimos aquello de que las decisiones razonadas se toman “con la cabeza bien fría”, que algunas acciones más pasionales se hacen siguiendo “los dictados del corazón”, que cuando algo nos indigna especialmente nos “hierve la sangre” o si, en cambio, nos entristece profundamente “nos rompe el corazón”.

Y por último, otro detalle curioso. El símbolo del amor suele ser la silueta de un corazón, como habría pensado Aristóteles, pero incluso esta forma sabemos actualmente que no se corresponde con la real, sino con la que se creía que era ¡en la Edad Media!

Nota: esta entrada es un “préstamo” de un texto de José Ramón Alonso, concretamente de su libro “El escritor que no sabía leer y otras historias de la neurociencia”, que es donde lo leí por primera vez. De todas formas, si queréis más información podéis encontrar el texto completo, ¿En la cabeza o en el corazón?, en su blog.