Mes: abril 2014

Escepticismo y conspiranoias

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El método científico, idealmente, podríamos decir que tiene tres fases. La primera nace de una duda sobre el funcionamiento de cualquier fenómeno natural (desde por qué se cae la manzana del árbol al suelo hasta por qué pican los mosquitos, por ejemplo). Para intentar aclarar esta duda, se plantea una hipótesis que intenta explicar por qué aquel fenómeno funciona como lo hace. Esta hipótesis sería la primera fase.
A continuación viene una fase de experimentación en la que, por medio de una serie de pruebas o experimentos, planificados, medibles, reproducibles, contrastados y revisados por la comunidad científica, se intenta comprobar si la hipótesis planteada explica el fenómeno o no.
Finalmente, con los resultados de los experimentos y por lógica deducción, se extraen unas conclusiones que confirmarán, o no, nuestra hipótesis de partida. Si no la confirman, entonces nos plantearemos una nueva y volveríamos a empezar; y si la confirman, seguro que, al mismo tiempo que hemos explicado un fenómeno concreto, habremos avanzado un poco más para plantearnos nuevas hipótesis y continuar explicando nuevos fenómenos.
Por tanto, la ciencia o el método científico nace de la duda, de la incredulidad. En otras palabras: la ciencia implica un cierto escepticismo sobre las explicaciones que conocemos de las cosas que nos rodean.

El problema es que, muchas veces, este escepticismo se lleva al extremo y llegamos a no creer o estar seguros de nada, porque llegamos incluso a aplicar la falsación de Popper que, si la entiendo correctamente, Stephen Hawking insinúa en su libro “Breve historia del tiempo” con la frase que dice:
“Las teorías físicas son siempre provisionales, en el sentido de que sólo son hipótesis: nunca las podemos demostrar. Sea cual sea el número de veces que los resultados de los experimentos concuerden con alguna teoría, nunca podemos estar seguros de que la siguiente vez el resultado no la va a contradecir”.

Donde quiero ir es que al final la mente del científico suele ser “demasiado” escéptica. De hecho, el nombre del ganador de los premios Bitácoras de divulgación científica lo insinua: Scientia (“escientia”), del fantástico divulgador Jose Miguel Lopez Nicolás, a quien, por cierto, pude ver en directo en la UA hace poco tiempo.
Sí, y es que todo esto de que el científico puede llegar a ser demasiado escéptico y plantear demasiadas dudas me vino a la mente después de aquel falso documental de Jordi Évole sobre el 23-F y después de algún comentario o discusión posterior que tuve con amigos sobre las conspiranoias. Recuerdo que uno de ellos, cuando intentava convencerme de que, en su día, a Felipe González lo había “puesto” la CIA (!!!?), me dijo algo como: “deja a un lado tu mentalidad de científico que es verdad”. Es decir, ¡que incluso hay gente normal que piensa que los científicos dudamos de todo!

Pero no, no es que dudemos de todo pero, yo al menos, no creo en las conspiranoias. De primeras, porque aplicando el método científico faltaría mucha experimentación (muchos datos para justificarlas; y después porque, y ahora puedo pecar de ingenuo, me parecen demasiado complicadas y enrevesadas.
No es que crea en la verdad tal y como la cuentan, digamos que la acepto porque, según el método científico, se podría decir que son las conclusiones a las que se han llegado a la vista de los experimentos existentes, pero como he dicho, la propia mentalidad científica (exageradamente) escéptica no hace dudar y pensar: “pero, ¿que pasa si se hacen nuevos experimentos, contrastados y revisados, que digan lo contrario?”. Entonces, la “verdad”, podrá cambiar.

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PD. Y con cierta relación, también otro gran divulgador, Daniel Closa, en su bloc Centpeus, hizo una fantástica entrada phablando de esa curiosidad, escepticismo y humildad implícita en la ciencia, por el hecho de dudar y tener la incerteza de poder explicarlo todo con seguridad.