La razón y el corazón

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Sabemos que nuestro pensamiento lógico y racional, la razón, se construye y desarrolla en el cerebro. De igual manera, también sabemos que nuestras emociones y sentimientos nacen y evolucionan en el cerebro, que se tratan de respuestas químicas, neuronales, hormonales (no sabría clasificarlo de forma precisa)… ante ciertos estímulos. Entonces, si todo parte del cerebro, ¿por qué asignamos metafóricamente que los sentimientos residen el corazón? ¿De dónde ha salido esa distinción?

Pues parece ser que el causante de esta separación es Aristóteles.

Sí, este filósofo griego ha tenido tanta influencia en la cultura occidental que todavía hoy perduran muchas de sus ideas, aunque sea de forma residual, como detalles de nuestra cultura o nuestro imaginario y aunque se haya demostrado que eran equivocadas. Al parecer, para Aristóteles, el corazón era el lugar en el que se controlaban nuestros movimientos o en el que se recibía la información y se originaban nuestras sensaciones y respuestas ante el mundo que nos rodea.

Aunque ahora nos pueda parecer ingenuo, Aristóteles tenia argumentos razonables y coherentes para justificarlo, como no podía ser de otra manera para un filósofo o científico de su categoría. Eran razones acordes a su época y de un origen más o menos empírico, entre las que se podría citar: físicamente el corazón está en una posición central en el cuerpo, más adecuada para controlarlo; es sensible a las emociones (el corazón se altera y late más rápido con el miedo o el nerviosismo, por ejemplo), mientras que el cerabro ni se inmuta; el corazón está conectado con todos los órganos de los sentidos y todos los músculos (vía los vasos sanguíneos, fácilmente visibles) mientras que muchas de estas conexiones desde el cerebro no se observaban (a menudo son finísimas o microscópicas); o que, por decirlo de forma rápida, si el corazón se para, morimos, mientras que se puede prolongar la vida aún teniendo parte del cerebro dañado.

Existe otro aspecto por otro lado que también destacaba Aristóteles, y era la temperatura de cada órgano. Para él, el corazón era caliente, una característica de seres superiores, y el cerebro era frío. Es más, pensaba que el cerebro servía para enfriar la sangre y mantenerla en un nivel en el que el corazón pudiese trabajar adecuadamente.
Puede que una serie de “errores experimentales” (como diríamos ahora) en alguna vivisección o exploración le condujesen a esta conclusión errónea, porque es evidente que en todos los mamíferos la temperatura del corazón y el cerebro es la misma, unos 37ºC.

Sea como sea, el legado de este pensador en toda nuestra cultura ha sido tan grande que aún actualmente, aunque en sentido figurado, todavía decimos aquello de que las decisiones razonadas se toman “con la cabeza bien fría”, que algunas acciones más pasionales se hacen siguiendo “los dictados del corazón”, que cuando algo nos indigna especialmente nos “hierve la sangre” o si, en cambio, nos entristece profundamente “nos rompe el corazón”.

Y por último, otro detalle curioso. El símbolo del amor suele ser la silueta de un corazón, como habría pensado Aristóteles, pero incluso esta forma sabemos actualmente que no se corresponde con la real, sino con la que se creía que era ¡en la Edad Media!

Nota: esta entrada es un “préstamo” de un texto de José Ramón Alonso, concretamente de su libro “El escritor que no sabía leer y otras historias de la neurociencia”, que es donde lo leí por primera vez. De todas formas, si queréis más información podéis encontrar el texto completo, ¿En la cabeza o en el corazón?, en su blog.

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